Viaggio Apostolico di Papa Francesco a Panamá in occasione della XXXIV Giornata Mondiale della Gioventù (23-28 gennaio 2019) – Liturgia penitenziale con i giovani detenuti a Pacora

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Liturgia Penitenziale con i giovani detenuti a Pacora

Omelia del Santo Padre

Traduzione in lingua italiana

Questa mattina, dopo aver celebrato la Santa Messa in privato nella Nunziatura Apostolica, alla presenza di fedeli e collaboratori dell’Arcidiocesi di Panamá, il Santo Padre Francesco si è recato presso il Collegio “Las Esclavas”, situato nei pressi della Nunziatura, dove ha incontrato in privato un gruppo di 450 giovani cubani pellegrini della GMG. Il Papa, arrivato al Collegio alla fine della Messa, ha impartito la benedizione e ha rivolto un breve saluto ai presenti. All’incontro hanno preso parte oltre ai giovani anche due vescovi cubani. Al termine il Papa si è trasferito in auto al Centro de Cumplimiento de Menores Las Garzas de Pacora, Centro di reclusione per giovani detenuti.

Al suo arrivo il Papa è stato accolto dall’Arcivescovo di Panamá, S.E. Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A., e dalla Direttrice del Centro, Sig.ra Emma Alba Tejada. Quindi alle ore 10.30 locali (16.30 ora di Roma) ha avuto luogo la Liturgia Penitenziale con i giovani detenuti.

Dopo il canto iniziale e la testimonianza di uno dei giovani ospiti della struttura, si è svolta la liturgia penitenziale. Dopo la lettura di un brano evangelico, il Papa ha pronunciato l’omelia.

Al termine hanno avuto luogo le confessioni e le assoluzioni individuali di 12 ragazzi e, dopo la benedizione conclusiva del Santo Padre e il breve saluto di ringraziamento della Direttrice del Centro, lo scambio dei doni.

Quindi Papa Francesco, dopo aver salutato i 30 giovani detenuti, a bordo di un elicottero militare, è partito alla volta dell’aeroporto Marcos A. Gelabert di Panamá. Al suo arrivo è rientrato alla Nunziatura Apostolica.

Pubblichiamo di seguito l’omelia che il Papa ha pronunciato nel corso della liturgia penitenziale:

Omelia del Santo Padre

«Este recibe a los pecadores y come con ellos» acabamos de escuchar en el evangelio ( Lc 15,2). Y eso es lo que murmuraban algunos fariseos, escribas, doctores de la ley, bastante escandalizados, bastante molestos por el modo como se comportaba Jesús.

Con esa expresión pretendían descalificarlo, desvalorizarlo delante de todos, pero lo único que consiguieron fue señalar una de las actitudes de Jesús más comunes, más distintivas, más lindas: «este recibe a los pecadores y come con ellos». Y todos somos pecadores, todos, y por eso nos recibe Jesús con cariño, a todos los que estamos acá, y si alguno no se siente pecador de todos los que estamos aquí, sepa que Jesús no lo va a recibir, se pierde lo mejor.

Jesús no tiene miedo de acercarse a aquellos que, por un montón de razones, cargaban sobre sus espaldas con el odio social como eran los publicanos ―recordemos que los publicanos se enriquecían en base a saquear a su mismo pueblo; ellos provocaban mucha pero mucha indignación― o también tenían el odio social porque habían tenido algún error en su vida, errores y equivocaciones, alguna culpa, y así los llamaban pecadores. Jesús lo hace porque sabe que en el cielo hay más fiesta por uno solo de los que se equivocan, de los pecadores convertidos que por noventa y nueve justos que permanecen bien (cf. Lc 15,7).

Y mientras esta gente se limitaba a murmurar o a indignarse porque Jesús se juntaba con la gente señalada por algún error social, algún pecado, y cerraban las puertas de la conversión, del diálogo con Jesús, Jesús se acerca, y se compromete, Jesús pone en juego su reputación e invita siempre a mirar un horizonte capaz de hacer nueva la vida, de hacer nueva la historia. Todos, todos, tenemos un horizonte, todos. Yo no lo tengo, puede decir alguno. Abrí la ventana y lo vas a encontrar, abrí la ventana de tu corazón, abrí la ventana del amor que es Jesús y lo vas a encontrar. Todos tenemos un horizonte. Son dos miradas bien diferentes que se contraponen, la de Jesús y la de estos doctores de la ley. Una mirada estéril e infecunda ―la de la murmuración y el chisme, el que siempre está hablando mal de los otros y se siente justo― y otra que invita a la transformación y a la conversión ―que es la del Señor― a una vida nueva como vos expresaste recién.

La mirada de la murmuración y del chisme

Y esto no es de aquella época, es de hoy también, muchos no toleran y no les gusta esta opción de Jesús, es más, entre dientes al principio y con gritos al final, manifiestan su disgusto buscando desacreditar este comportamiento de Jesús y de todos los que están con él. No aceptan, rechazan esta opción de estar cerca y ofrecer nuevas oportunidades. Esta gente condena de una vez para siempre, descalifica de una vez para siempre y se olvidan que a los ojos de Dios ellos están descalificados y necesitan ternura, necesitan de amor y de comprensión, pero no lo quieren aceptar. No aceptan. Con la vida de la gente parece más fácil poner rótulos y etiquetas que congelan y estigmatizan no solo el pasado sino también el presente y el futuro de las personas. Les ponemos etiquetas a la gente, este es así, este hizo esto y ya está y tiene que cargar con eso por el resto de sus días. Así son esta gente que murmura, los chismosos, son así. Y rótulos en definitiva, lo único que logran es dividir: acá están los buenos y allá están los malos; acá están los justos y allá los pecadores. Y eso Jesús no lo acepta, eso es la cultura del adjetivo, nos encanta adjetivar a la gente, nos encanta. Vos cómo te llamas, me llamo bueno. No, ese es un adjetivo. ¿Cómo te llamás? ―ir al nombre de la persona―, ¿quién sos?, ¿qué hacés?, ¿qué ilusiones tenés?, ¿cómo siente tú corazón?, a los chismosos no le interesa, buscan rápido una etiqueta para sacárselos de encima. La cultura del adjetivo que descalifica a las personas. Piensen en eso para no caer en esto que se nos ofrece tan fácilmente en la sociedad.

Esta actitud contamina todo porque levanta un muro invisible que hace creer que, marginando, separando, aislando, se resolverán mágicamente todos los problemas. Y cuando una sociedad o comunidad se permite esto y lo único que hace es cuchichear, chismear y murmurar, entra en un círculo vicioso de divisiones, reproches y condenas. Curioso, esta gente que no acepta a Jesús así y lo que nos enseña Jesús, es gente que está peleada siempre entre ellos, se están condenando entre ellos, entre los que se llaman justos. Y además es una actitud de marginación y exclusión, de confrontación que le hace decir irresponsablemente como Caifás: «Mejor que se muera uno por el pueblo, y que no perezca la nación entera» ( Jn 11,50). Mejor que estén guardados todos allí, que no vengan a molestar, nosotros queremos vivir tranquilos. Es duro esto y con esto se tuvo que enfrentar Jesús y con esto nos enfrentamos nosotros hoy. Normalmente el hilo se corta por la parte más fina: la de los pobres y la de los indefensos. Y son los que más sufren estas condenas sociales que no permiten levantarse.

Qué dolor genera ver cuando una sociedad concentra sus energías más en murmurar e indignarse que en luchar y luchar para crear oportunidades y transformación.

La mirada de la conversión, la otra mirada

En cambio, todo el evangelio está marcado por esta otra mirada que no es nada más y nada menos que la que nace del corazón de Dios. Dios nunca te va a echar, Dios no echa a nadie, Dios te dice vení, Dios te espera y te abraza y si no sabés el camino te va a buscar, como hizo este pastor con las ovejas. En cambio, la otra mirada rechaza. El Señor quiere hacer fiesta cuando ve a sus hijos que retornan a casa (cf. Lc 15,11-32). Y así lo testimonió Jesús manifestando hasta el extremo el amor misericordioso del Padre. Tenemos Padre, lo dijiste vos, me gusto esa confesión tuya, tenemos Padre. Yo tengo un Padre que me quiere. Cosa linda. Un amor, el de Jesús, que no tiene tiempo para murmurar, sino que busca romper el círculo de la crítica superflua e indiferente, neutra y aséptica. Te doy gracias Señor, decía aquel doctor de la Ley, porque no soy como ese, no soy como ese. Estos que creen que tienen el alma purificada diez veces en una ilusión de vida aséptica que no sirve para nada. Una vez le escuché decir a un campesino una cosa que me llegó: ¿el agua más pura cuál es?, sí, el agua destilada decía él. Usted sabe padre que cuando la tomo no tiene sabor a nada, así es la vida de los que están criticando y chismeando y separándose de los demás, se sienten tan puros, tan asépticos que no tienen sabor a nada, son incapaces de convocar a alguien, viven para cuidarse, para hacerse la cirugía estética en el alma y no para tender la mano a otros y ayudarlos a crecer, que es lo que hace Jesús. Que acepta la complejidad de la vida y de cada situación; el amor de Jesús, el amor de Dios, el amor del Padre Dios que dijiste vos es un amor que inaugura una dinámica capaz de inventar caminos, ofrecer oportunidades de integración y de transformación, oportunidades de sanación, perdón, salvación. Y comiendo con los publicanos y los pecadores, Jesús rompe la lógica que separa, que excluye, que aísla, que divide falsamente entre “buenos y malos”. Y no lo hace por decreto o con buenas intenciones, tampoco con voluntarismos o sentimentalismo. ¿Cómo lo hace Jesús? Creando vínculos , vínculos capaces de posibilitar nuevos procesos; apostando y celebrando cada paso posible. Por eso Jesús cuando Mateo se convierte ―lo van a ver en el Evangelio―, no le dice: “bueno está bien, te felicito, vení conmigo”. No, le dice: “hagamos fiesta en tu casa” e invita a todos sus amigos ―que eran, como Mateo, condenado por la sociedad― a hacer fiesta. El chismoso, el que separa, no sabe hacer fiesta porque tiene el corazón amargado.

Crear vínculos, hacer fiesta es lo que hace Jesús y de esa manera rompe con otra murmuración nada fácil de detectar y que “taladra los sueños” porque repite como susurro continuo: “no vas a poder, no vas a poder”. Cuántas veces ustedes la han sentido: “no vas a poder”. Cuidado, eso es como la polilla, que te va comiendo por dentro. Cuando vos sentís “no vas a poder”, date un cachetazo: “sí, voy a poder y te lo voy a demostrar”. Es el cuchicheo interior, el chisme interior que aparece en quien, habiendo llorado su pecado y consciente de su error no cree que pueda cambiar. Y esto sucede cuando se cree interiormente que el que nació “publicano” tiene que morir “publicano”; y esto no es verdad, el Evangelio nos dice todo lo contrario. Once de los doce apóstoles eran pecadores pesados, porque cometieron el peor de los pecados: abandonaron a su Maestro, otros renegaron de él, otros se escaparon lejos. Traicionaron, los apóstoles, y Jesús les fue buscando uno a uno, y son los que cambiaron el universo. A ninguno se le ocurrió decir: “no vas a poder”, porque habiendo visto el amor de Jesús después de esa traición: “voy a poder porque vos me vas a dar la fuerza”. Cuidado con la polilla del “no vas a poder”, mucho cuidado.

Amigos: Cada uno de nosotros es mucho más que los rótulos que nos ponen, es mucho más que los adjetivos que nos quieren poner, es mucho más de la condena que nos impusieron. Y así Jesús nos enseña y nos lo invita a creer. La mirada de Jesús nos desafía a pedir y buscar ayuda para transitar los caminos de la superación. Hay veces que la murmuración parece ganar, pero no la crean, no la escuchen. Busquen y escuchen las voces que impulsan a mirar hacia delante y no las que los tiran abajo. Escuchen las voces que le abren la ventana y le hacen ver el horizonte: “Sí, pero está lejos”. ―“Pero vas a poder. Miralo bien y vas a poder”. A cada vez que viene la polilla con el “no vas a poder”, vos contestale desde adentro: “voy a poder” y miren el horizonte.

La alegría y la esperanza del cristiano ―de todos nosotros, y también del Papa― nace de haber experimentado alguna vez esta mirada de Dios que nos dice: “vos sos parte de mi familia y no te puedo dejar a la intemperie”, eso es lo que nos dice Dios a cada uno, porque Dios es Padre, lo dijiste vos: “vos sos parte de mi familia y no te voy a dejar a la intemperie, no te voy a dejar tirado en la cuneta, no, no puedo perderte en el camino ―nos dice Dios, a cada uno, con nombre y apellido―, yo estoy aquí contigo”. ¿Aquí? Sí, Señor. Esto es haber sentido como lo compartiste vos, Luis, que en aquellos momentos que parecía que todo se había acabado algo te dijo: “¡No! Todo no ha terminado”, porque tenés un propósito grande que te permite comprender que el Padre Dios estaba y está con todos nosotros y nos regala personas con las que caminar y ayudarnos a alcanzar nuevas metas.

Y así Jesús transforma la murmuración en fiesta y nos dice: “¡Alegrate conmigo, vamos a hacer fiesta!”. En la parábola del hijo pródigo, me gustó una vez que encontré una traducción, dice que el padre cuando vio que el hijo ya volvía a la casa, dice: “vamos a hacer fiesta”, y ahí empezó la fiesta, y una traducción decía: “y ahí empezó el baile”. La alegría, la alegría con que somos recibidos por Dios con el abrazo del Padre, empezó el baile.

Hermanos: Ustedes son parte de la familia, ustedes tienen mucho para compartir, ayúdennos a saber cuál es la mejor manera para estar y acompañar el proceso de transformación que, como familia, todos necesitamos.

Una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos, una comunidad se enferma cuando vive de la murmuración aplastante, condenatoria e insensible, el chisme. Una sociedad es fecunda cuando logra generar dinámicas capaces de incluir e integrar, de hacerse cargo y luchar para crear oportunidades y alternativas que den nuevas posibilidades a sus hijos, cuando se ocupa en crear futuro con comunidad, educación y trabajo. Esa comunidad es sana. Y si bien puede experimentar la impotencia de no saber el cómo, no se rinde y lo vuelve a intentar. Y todos tenemos que ayudarnos para aprender, en comunidad, a encontrar estos caminos, a intentarlo de nuevo y a intentarlo de nuevo. Es una alianza que tenemos que animarnos a realizar: ustedes, chicos, chicas, los responsables de la custodia y las autoridades del Centro y el Ministerio, todos y sus familias, así como los agentes de Pastoral. Todos, peleen y peleen, pero no entre ustedes por favor, peleen, ¿para qué? para encontrar y buscar los caminos de inserción y de transformación. Y esto el Señor lo bendice, esto el Señor lo sostiene y esto el Señor lo acompaña.

En breve continuaremos con la celebración penitencial donde todos podremos experimentar la mirada del Señor, que no mira un adjetivo, nunca, mira un nombre, mira a los ojos, mira el corazón, no mira un rótulo ni una condena, sino que mira hijos. Mirada de Dios que desmiente las descalificaciones y nos da la fuerza para crear esas alianzas necesarias que nos ayudan a todos a desmentir las murmuraciones, esas alianzas fraternas que permiten que nuestras vidas sean siempre una invitación a la alegría de la salvación, a la alegría de tener un horizonte adelante, a la alegría de la fiesta de hijo. Vayamos por este camino. Gracias.

[00114-ES.02] [Texto original: Español]

Traduzione in lingua italiana

«Costui accoglie i peccatori e mangia con loro» ( Lc 15,2), abbiamo appena ascoltato nel Vangelo. È ciò che mormoravano alcuni farisei, scribi, dottori della legge, piuttosto scandalizzati, piuttosto infastiditi dal modo in cui Gesù si comportava.

Con questa espressione cercavano di squalificarlo, screditarlo davanti a tutti, ma non fecero che evidenziare uno degli atteggiamenti di Gesù più comuni, più distintivi, più belli: «Costui accoglie i peccatori e mangia con loro». E tutti siamo peccatori, tutti, e per questo Gesù ci accoglie con affetto, tutti noi che siamo qui; e se qualcuno non si sente peccatore, tra tutti noi che siamo qui, sappia che Gesù non lo riceverà, si perderà il meglio.

Gesù non ha paura di avvicinarsi a coloro che, per mille ragioni, portavano il peso dell’odio sociale, come nel caso dei pubblicani – ricordiamo che i pubblicani si arricchivano derubando il loro stesso popolo; essi suscitavano molta, molta indignazione –, oppure portavano l’odio sociale perché avevano fatto alcuni errori nella loro vita, degli errori e degli sbagli, qualche colpa, e così li chiamavano peccatori. Gesù lo fa perché sa che nel Cielo si fa più festa per un solo di quelli che sbagliano, dei peccatori convertiti, che per novantanove giusti che continuano bene (cfr Lc 15,7).

E mentre queste persone si limitavano a mormorare o a sdegnarsi, perché Gesù si incontrava con le persone segnate da qualche errore sociale, da qualche peccato, e chiudevano le porte della conversione, del dialogo con Gesù, Gesù si avvicina e si compromette, Gesù mette in gioco la sua reputazione e invita sempre a guardare un orizzonte capace di rinnovare la vita, di rinnovare la storia. Tutti, tutti abbiamo un orizzonte. Tutti. Qualcuno può dire: “Io non ce l’ho”. Apri la finestra, e lo troverai. Apri la finestra del tuo cuore, apri la finestra dell’amore che è Gesù, e lo troverai. Tutti abbiamo un orizzonte. Sono due sguardi ben diversi che si contrappongono: quello di Gesù e quello di questi dottori della legge. Uno sguardo sterile e infecondo – quello della mormorazione e del pettegolezzo, che sempre parla male degli altri e si sente giusto –, e un altro – che è quello del Signore – che chiama alla trasformazione e alla conversione, a una vita nuova, come tu hai detto poco fa [rivolto al giovane che ha fatto la testimonianza].

Lo sguardo della mormorazione e del pettegolezzo

E questo non vale solo per quei tempi, vale anche per oggi! Molti non sopportano e non amano questa scelta di Gesù, anzi, prima a mezza voce e alla fine gridando manifestano il loro disappunto cercando di screditare questo comportamento di Gesù e di tutti coloro che stanno con Lui. Non accettano, rifiutano questa scelta di stare vicino e di offrire nuove opportunità. Questa gente condanna una volta per tutte, scredita una volta per tutte e si dimentica che agli occhi di Dio loro stessi sono screditati e hanno bisogno di tenerezza, hanno bisogno di amore e di comprensione, ma non vogliono accettare. Non l’accettano. Con la vita della gente sembra più facile dare titoli e etichette che congelano e stigmatizzano non solo il passato ma anche il presente e il futuro delle persone. Mettiamo etichette alle persone: questo è così, quello ha fatto questo e ormai c’è e deve portarlo per il resto dei suoi giorni. Così è questa gente che mormora, i pettegoli, sono così. Etichette che, alla fine, non fanno altro che dividere: di qua i buoni, di là i cattivi; di qua i giusti, di là i peccatori. E questo, Gesù non lo accetta. Questa è la cultura dell’aggettivo: ci piace tanto “aggettivare” la gente, ci piace tanto. “Tu, come ti chiami?” – “Mi chiamo buono” – “No, questo è un aggettivo. Come ti chiami?”. Andare al nome della persona: chi sei, cosa fai, quali sogni hai, cosa sente il tuo cuore… Ai pettegoli questo non interessa; cercano subito un’etichetta per toglierseli di mezzo. La cultura dell’aggettivo che scredita la persona. Pensateci, per non cadere in questo [atteggiamento] che con tanta facilità ci viene offerto nella società.

Questo atteggiamento inquina tutto perché alza un muro invisibile che fa pensare che emarginando, separando e isolando si risolveranno magicamente tutti i problemi. E quando una società o una comunità si permette questo, e non fa altro che bisbigliare, spettegolare e mormorare, entra in un giro vizioso di divisioni, rimproveri e condanne. È interessante: queste persone che non accettano Gesù e quello che Gesù ci insegna, sono persone che litigano sempre tra loro, si condannano a vicenda, tra quelli che si chiamano giusti. E inoltre è un atteggiamento di emarginazione e di esclusione, di opposizione che fa dire irresponsabilmente come Caifa: «È conveniente che un solo uomo muoia per il popolo, e non vada in rovina la nazione intera» ( Gv 11,50). Meglio che stiano custoditi tutti lì, che non vengano a dare fastidio, noi vogliamo vivere in pace. È duro questo, e questo ha dovuto affrontare Gesù, e questo affrontiamo anche noi oggi. Normalmente il filo si spezza nel punto più sottile: quello dei poveri e degli indifesi. E sono quelli che soffrono di più per queste condanne sociali, che non permettono di rialzarsi.

Come fa male vedere una società che concentra le sue energie nel mormorare e nello sdegnarsi piuttosto che nell’impegnarsi, impegnarsi per creare e opportunità e trasformazione!

Lo sguardo della conversione: l’altro sguardo

Invece, tutto il Vangelo è segnato da quest’altro sguardo che nasce né più né meno che dal cuore di Dio. Dio non ti abbandona mai. Dio non abbandona nessuno. Dio ti dice: “Vieni”. Dio ti aspetta e ti abbraccia, e se non sai la strada viene a cercarti, come ha fatto il pastore con le pecore. Invece, l’altro sguardo rifiuta. Il Signore vuole fare festa quando vede i suoi figli che ritornano a casa (cfr Lc 15,11-32). Così ha testimoniato Gesù manifestando fino all’estremo l’amore misericordioso del Padre. Abbiamo un Padre. Lo hai detto tu: mi è piaciuta questa tua confessione: abbiamo un Padre. Io ho un Padre che mi ama. È una cosa bella. Un amore, quello di Gesù, che non ha tempo per mormorare, ma cerca di rompere il cerchio della critica inutile e indifferente, neutra e asettica. “Ti ringrazio, Signore – diceva quel dottore della legge –, perché non sono come quello”. Non sono come quello. Questi che pensano di avere l’anima purificata dieci volte in un’illusione di vita asettica che non serve a niente. Una volta ho sentito un contadino che diceva una cosa che mi ha colpito: “L’acqua più pulita qual è? Sì, l’acqua distillata – diceva –. Lei sa, padre, che quando la bevo non sa di niente”. Così è la vita di quelli che criticano e spettegolano e si separano dagli altri: si sentono tanto puliti, tanto asettici che non sanno di niente, sono incapaci di invitare qualcuno, vivono curandosi di sé stessi, per farsi la chirurgia estetica nell’anima e non per tendere la mano agli altri e aiutarli a crescere. Che è quello che fa Gesù, che accetta la complessità della vita e di ogni situazione; l’amore di Gesù, l’amore di Dio, l’amore di Dio Padre – come hai detto tu – è un amore che inaugura una dinamica capace di inventare strade, offrire opportunità di integrazione e trasformazione, opportunità di guarigione, di perdono, di salvezza. E mangiando con pubblicani e peccatori, Gesù rompe la logica che separa, che esclude, che isola, che divide falsamente tra “buoni e cattivi”. E non lo fa per decreto o solo con buone intenzioni, nemmeno con volontarismi o sentimentalismo. Come lo fa Gesù? Creando legami , legami capaci di permettere nuovi processi; scommettendo e festeggiando ad ogni passo possibile. Per questo Gesù, quando Matteo si converte – lo troverete nel Vangelo – non gli dice: “Bene, d’accordo, complimenti, vieni con me”. No, gli dice: “Andiamo a festeggiare a casa tua”, e invita tutti i suoi amici, che erano, come Matteo, condannati dalla società, a fare festa. Il pettegolo, colui che divide, non sa fare festa perché ha il cuore amaro.

Creare legami, fare festa, è quello che fa Gesù. E in questo modo rompe con un’altra mormorazione non facile da scoprire e che “perfora i sogni” perché ripete come un sussurro continuo: “Non ce la farai, non ce la farai”. Quante volte voi avete sentito questo: “Non ce la farai”. Attenzione, attenzione: questo è come il tarlo che ti si mangia da dentro. Quando tu senti “non ce la farai”, datti uno schiaffone: “sì, ce la farò e te lo dimostrerò”. È la mormorazione interiore, il pettegolezzo interiore, che emerge in chi, avendo pianto il proprio peccato, e consapevole del proprio errore, non crede di poter cambiare. E questo succede quando si è intimamente convinti che chi è nato “pubblicano” deve morire “pubblicano”; e questo non è vero. Il Vangelo ci dice tutto il contrario. Undici dei dodici apostoli erano peccatori gravi, perché hanno commesso il peggiore dei peccati: hanno abbandonato il loro Maestro, altri lo hanno rinnegato, altri sono scappati via. Hanno tradito, gli apostoli, e Gesù è andato a cercarli a uno a uno, e sono quelli che hanno cambiato il mondo. A nessuno è capitato di dire: “non ce la farai”, perché avendo visto l’amore di Gesù dopo il tradimento, [dice]: “Ce la farò, perché Tu mi darai la forza”. Attenzione al tarlo del “non ce la farai”! Ci vuole molta attenzione.

Amici, ognuno di noi è molto di più delle “etichette” che gli mettono; è molto di più degli aggettivi che vogliono darci, è molto di più della condanna che ci hanno imposto. Così Gesù ci insegna e ci chiama a credere. Lo sguardo di Gesù ci provoca a chiedere e cercare aiuto per percorrere le vie del superamento. A volte la mormorazione sembra vincere, ma non credeteci, non ascoltatela. Cercate e ascoltate le voci che spingono a guardare avanti e non quelle che vi tirano verso il basso. Ascoltate le voci che vi aprono la finestra e vi fanno vedere l’orizzonte. “Ma è lontano!” – “Sì, ma ce la farai”. Guardalo bene e ce la farai! Ogni volta che viene il tarlo con il “non ce la farai”, rispondetegli da dentro: “Ce la farò”, e guardate l’orizzonte.

La gioia e la speranza del cristiano – di tutti noi, e anche del Papa – nasce dall’aver sperimentato qualche volta questo sguardo di Dio che ci dice: “tu fai parte della mia famiglia e non posso abbandonarti alle intemperie”. Questo è quello che Dio dice a ciascuno di noi, perché Dio è Padre – l’hai detto tu. “Tu sei parte della mia famiglia e non ti abbandonerò alle intemperie, non ti lascerò a terra sulla strada, no, non posso perderti per strada” – ci dice Dio, ad ognuno di noi, con nome e cognome – “io sono qui con te”. Qui? Sì, qui. Questo è aver sentito, come l’hai condiviso tu, Luis, che in quei momenti in cui sembrava che tutto fosse finito qualcosa ti ha detto: no!, non è tutto finito, perché hai uno scopo grande che ti permette di comprendere che Dio Padre era ed è con tutti noi e ci dona persone con cui camminare e aiutarci a raggiungere nuove mete.

E così Gesù trasforma la mormorazione in festa e ci dice: “Rallegrati con me! (cfr Lc 15,6), andiamo a festeggiare”. Nella parabola del figliol prodigo mi è piaciuto una volta che ho trovato una traduzione che diceva che il padre, quando vide il figlio che tornava a casa, disse: “Andiamo a festeggiare”, e lì è iniziata la festa. E una traduzione diceva: “E lì iniziò il ballo”. La gioia, la gioia con la quale siamo accolti da Dio con l’abbraccio del Padre. “Iniziò il ballo”.

Fratelli, voi fate parte della famiglia, voi avete molto da condividere. Aiutateci a sapere qual è il modo migliore per vivere e accompagnare il processo di trasformazione di cui, come famiglia, tutti abbiamo bisogno. Tutti!

Una società si ammala quando non è capace di far festa per la trasformazione dei suoi figli; una comunità si ammala quando vive la mormorazione che schiaccia e condanna, senza sensibilità, il pettegolezzo. Una società è feconda quando sa generare dinamiche capaci di includere e integrare, di farsi carico e lottare per creare opportunità e alternative che diano nuove possibilità ai suoi figli, quando si impegna a creare futuro con comunità, educazione e lavoro. Questa comunità è sana. E anche se può sperimentare l’impotenza di non sapere come, non si arrende e ritenta di nuovo. E tutti dobbiamo aiutarci per imparare, in comunità, a trovare queste strade, a tentare ritentare ancora. È un patto che dobbiamo avere il coraggio di fare: voi, ragazzi, ragazze, i responsabili della vigilanza e le autorità del Centro e del Ministero, tutti, e le vostre famiglie, come pure gli operatori pastorali. Tutti, lottate, lottate – ma non tra di voi, per favore! –, per che cosa?, per cercare e trovare strade di inserimento e di trasformazione. E questo il Signore lo benedice. Questo il Signore lo sostiene e questo il Signore lo accompagna.

Tra poco proseguiremo con la celebrazione penitenziale, in cui tutti potremo sperimentare lo sguardo del Signore, che non vede un aggettivo, mai: vede un nome, guarda gli occhi, guarda il cuore. Non vede un’etichetta né una condanna, ma vede dei figli. Sguardo di Dio che smentisce le squalifiche e ci dà la forza di creare quei patti necessari per aiutarci tutti a smentire le mormorazioni, quei patti fraterni che permettono alla nostra vita di essere sempre un invito alla gioia della salvezza, alla gioia di avere un orizzonte davanti, alla gioia della festa del figlio. Andiamo su questa strada. Grazie.

[00114-IT.02] [Testo originale: Spagnolo]

[B0063-XX.02]

from Bollettino Sala Stampa della Santa Sede http://bit.ly/2Ri3wnZ

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